Incapacidades para el aprendizaje en el niño: tratamiento, causas, síntomas, diagnóstico y prevención

Al menos el 3-5 % de los niños en edad escolar presentan incapacidad para el aprendizaje.1 La definición de la incapacidad para el aprendizaje es variable, ya que con frecuencia educadores, psicólogos, pediatras y especialistas en el lenguaje emplean criterios diagnósticos distintos. Una forma estándar frecuente consiste en hallar una diferencia significativa entre el cociente de inteligencia (CI) y una prueba académica estandarizada. Según el DSM-IV, las puntuaciones de la prueba académica en una habilidad concreta deben estar 1-2 desviaciones estándar (DE) por debajo del CI medido.1

Las incapacidades para el aprendizaje tienden a presentarse en una o más de varias áreas clave, como la lectura, la ortografía, el cálculo numérico o la expresión escrita. Aunque un niño puede mostrar evidencias de incapacidad para el aprendizaje en más de una de estas áreas, se supone que su nivel global de función intelectual es como mínimo el nivel medio para su edad. Además, antes de tener en cuenta la posible existencia de una incapacidad para el aprendizaje, el médico de familia debe asegurarse de que el niño no presenta trastornos de la audición o de la visión. También hay que descartar factores ambientales, como la exposición a altas concentraciones de plomo. Se supone que el niño con incapacidad para el aprendizaje ha recibido una educación normal, por lo que el diagnóstico no suele hacerse hasta que ha llegado al menos al segundo grado.

Aunque las causas de la incapacidad para el aprendizaje no se han establecido con exactitud, quizás estos trastornos son debidos a múltiples factores. Fennell10 ha sugerido cuatro tipos etiológicos: a) antecedentes neurológicos demostrados (p. ej., trastornos convulsivos); b) retrasos del desarrollo acusados o signos neurológicos “leves”; c) incapacidad para el aprendizaje en ausencia de signos neuroló-

gicos positivos, y d) incapacidad para el aprendizaje secundaria a un trastorno psiquiátrico, como la depresión. Desde el punto de vista educativo, se excluye del diagnóstico de incapacidad para el aprendizaje a los niños con trastornos secundarios a aspectos emocionales o a deprivación ambiental.

Aunque la incapacidad para el aprendizaje se diagnostica en función de las habilidades académicas, por lo general se pueden atribuir a un déficit más importante del lenguaje receptivo o expresivo, de la descodificación oral o por escrito del material presentado al niño o de las habilidades visuales y espaciales. Los niños con incapacidad para la lectura pueden presentar dificultades subyacentes para asociar las letras escritas a los fonemas o para combinarlas y formar palabras y frases con sentido.11 Así mismo, la incapacidad para el cálculo puede deberse a déficit en la memoria verbal (p. ej., en la memorización de las tablas de multiplicar) o en las habilidades de organización visuales y espaciales (p. ej., mantener las cifras en las columnas apropiadas).

El médico de familia puede desempeñar un papel muy valioso para ayudar al niño (y a los padres) en el que se sospecha una incapacidad para el aprendizaje. En ocasiones el médico de familia es el primer profesional con quien los responsables del niño se ponen en contacto ante un fracaso escolar. Hay que tener siempre en cuenta la posibilidad de encontrarse ante una incapacidad para el aprendizaje cuando se valora a un niño con problemas escolares, sobre todo en los niños de grado elemental. Aunque el niño con incapacidad para el aprendizaje puede presentar unos prolongados antecedentes de mal rendimiento escolar continuado, a veces ciertos trastornos superiores de función no se detectan hasta fases posteriores, como en el cuarto o quinto curso. En cursos posteriores, se hace un mayor hincapié en las habilidades independientes del niño, como leer por sí solos o escribir textos en los que debe organizar el material sin ayudas externas (p. ej., un diccionario estructurado). El médico también debe considerar la posible existencia de otros trastornos infantiles, como el DA/TH. Cuando la conducta desorganizada aparece junto a un mal rendimiento escolar, a veces el trastorno primario radica en un trastorno de la conducta o en un trastorno de desafío por oposición a las normas, tanto aislado como asociado a una incapacidad para el aprendizaje. Una disminución relativamente brusca del rendimiento escolar del niño debe alertar al médico y hacerle pensar en un trastorno emocional, como depresión, estrés familiar o abuso de sustancias. Para demostrar de manera inequívoca la existencia de una incapacidad del aprendizaje, los niños deben someterse a pruebas como la Wechsler Intelligence Scale for Chil-dren-III (WISC-III) o la Wechsler Preschool and Primary Scale of Intelligence-Revised (WPPSI-R), así como a pruebas educacionales como la de Woodcock-Johnson. Estas pruebas pueden realizarse y ser interpretadas por un psicólogo clínico o de la escuela. En EE.UU., la Public Law 94-142 garantiza que todos los niños con necesidades especiales tendrán una educación apropiada en el ambiente menos restrictivo posible. Los médicos de familia pueden ser de gran utilidad para informar a los padres y animarlos a que busquen servicios diagnósticos y educacionales para su hijo.